Muy Antigua Hermandad y Archicofradía de Nazarenos de la Santa Vera+Cruz, Ntro. Padre Jesús Atado a la Columna, San Sebastián, Purísima Inmaculada Concepción, Santo Entierro del Santísimo Cristo Yacente, Ntra. Sra. de los Dolores y en Soledad
Utrera
Iglesia

         

         Dos años antes de morir Rodrigo Caro, se iniciaba una obra en la Plaza del Altozano. Corría el año de 1.645, vísperas de las bodas de plata de la Sacra, Católica y Real Majestad de Felipe IV. Los hijos de San Ignacio de Loyola habían comprado "unas casas principales" que poseían en el lugar doña Juana y doña Isabel de Sotomayor, buscando un nuevo emplazamiento que les permitiese construir su Casa con la dignidad que exigía el prestigio y el poder de la Congregación.

          Desde su llegada a Utrera, tras diversas misiones celebradas a lo largo de los primeros años de la centuria, los jesuitas pasaron por la calle Matamoros, por el Hospital de Santa Ana -- cuyos restos aparecen incorporados a la edificación de lo que sería el Teatro de la Scala, de los Cuadra -- y por el Hospital de la Misericordia, nuestro "Niño Perdido".

          La vida giraba en Utrera alrededor de la Plaza Mayor o del Pescado, pero ya se había roto muchos años antes la resistencia a dejar el amparo del recinto amurallado. Extramuros empezó a crecer, sin agobios de espacio, una nueva población, que buscando un nuevo punto de referencia y encuentro lo resolvió al pié de la muralla, cerrando el Calzas Anchas y planteando en el lugar una espaciosa plaza que seguramente sería porticada en sus cuatro lados, al igual que todas sus semejantes en España. Testimonios gráficos quedan de estos soportales en un exvoto de Consolación que representa la plaza, llamada del Altozano, sin que hoy día acertemos a comprender el nombre en vista de lo llano del lugar.

          Pues bien, en 1.645 comenzarían las obras de la Iglesia una vez terminadas las del Colegio-Residencia de San José, que tal era su nombre. Es posible que la capilla provisional del Colegio fuera lo que actualmente es la Sacristía, en cuya parte superior está la característica espadaña de otras construcciones jesuíticas, aunque algo más pequeña, de ladrillo visto, elegante y perfectamente conservada, aunque no muy visible desde la calle, tras los arcos que coronan la fachada por la calle Ancha (Virgen de Consolaciön).

          La Iglesia fue construida por arquitecto desconocido, probablemente jesuita, pues jesuita fue, por ejemplo, el arquitecto Bartolomé de Bustamante, que proyectó la Casa profesa y Colegio Mayor Sta. Mª. de Jesús, primera sede de los jesuitas en Sevilla de la que aún subsiste la Iglesia de la Anunciación.

          Las obras duraron seis años y medio. A la  mitad de este período sobrevino la trágica epidemia de 1.649, que diezmó la población del antiguo Reino de Sevilla y que en Utrera, en concreto, redujo a la mitad su censo, quedando relato de sus circunstancias en la obra del médico utrerano Francisco Salado Garcés "Política contra peste". Probablemente se produjo un largo paréntesis en la obra por esta causa, recibiendo posterior impulso hasta su terminación y bendición el 18 de marzo de 1.652, siendo Rector el Padre Bartolomé Portillo. Año señalado también el de la inauguración de esta Iglesia, cuando una tropa de famélicos vecinos de Sevilla se echó a la calle produciendo una auténtica batalla campal, --el motín del hambre o de la calle Feria-- que se saldó con numerosas ejecuciones al restablecerse el orden.

          La Iglesia se planteó como una sola nave, a cuya cabecera quedó la Sacristía, amplia y con una hermosa bóveda apoyada sobre una columna central. A la altura de lo que constituiría el crucero, de haber sido su planta de cruz latina, el arquitecto situó una hermosa cúpula apoyada sobre pechinas; cúpula semiesférica, sin tambor ni linterna, a la que presta la profundidad de la que carece el propio motivo pictórico que la adorna.

          A los pies de la Iglesia se situó el coro y la puerta principal. Ésta se abre a la calle San Francisco (Clemente de la Cuadra) y ofrece la apariencia de un retablo arquitectónico en el que no falta ninguno de los elementos característicos de ese momento de transición del Renacimiento al Barroco. En el centro de la portada, como también en el centro de la cúpula, el escudo real, otra constante seña de identidad en las construcciones ignacianas.

         

 

 

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